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  • Pintemos con Luz

CUENTO 1 Dr. Tlaloke

I

Caminaré hasta llegar a casa - pensó aquel tipo de prisión en esa madrugada sin más que una pequeña mochila en su hombro.

Al llegar a la esquina se acercó a un hombre preguntando señas, calles y avenidas para discernir una ruta hacia su viejo barrio al norte de la ciudad. La cosa iba bien cuando un grupo de mujeres jóvenes que le parecieron sospechosas se acercaron para interrumpir la charla.

El exconvicto se alejó pronto y fue a sentarse en una roca bajo la sombra de un árbol, decidido a no entrara en ninguna situación que se saliera de su propósito de emprender tal caminata con la mayor tranquilidad posible.

Ya pasará alguien más y debería esperar el amanecer para hacerme el camino más seguro pensó el exconvicto.

Sentado ahí en la roca bajo la obscura noche observaba pasar algunos automóviles, camiones, taxis, mirando desde la banqueta solitaria, evitando ceder al sueño que le hacía cabecear agazapado.

Comenzó a dormitar cuando exaltado descubrió a una joven a su lado prendiendo fuego a su mochila con un encendedor para luego irse tranquilamente como si fuese cosa cuerda y cotidiana.

-  Alguna loca - pensó mientras que se apagaba a prisa la esquina plastificada de su mochila.

Por inercia y con suficiente habilidad manua la reparó en el acto presionando para pegar el plástico fundido mientras que jalaba algunos hilos desbordados cerrando así y reforzando la pequeña hendidura con algunos nudos.

- He reparado el daño - y comenzó a cortar con sus dientes el sobrante de hilos y las hilachas carbonizadas escupiendo después los residuos. El asco y la náusea le trajeron una sensación extraña, “tenía la boca atiborrada de más residuos” y escupía, escupía.

¿Qué rayos tengo en la boca? se preguntaba mientras sacaba con sus dedos centenares, quizá miles de esos fragmentos que llenaban su boca y que seguía escupiendo sin poder expulsar o vaciar lo que provenía de la náusea, quizá ya de su garganta y sus viseras que pretendían ya el vómito sacudiéndote, y aquel veía miles de uñas, miles de uñas humanas fragmentadas, vomitadas, sobre el pavimento.

II

Al llegar el mediodía el exconvicto seguía caminando siguiendo una ruta larga por el periférico y observando el número de las rutas del transporte público.

Debo saber cuál de las nuevas rutas corta camino hacia mi barrio, las iré siguiendo y llegaré a pie, no quisiera tener que pedir un aventón en mi primer día en la calle.

Pero el tarjetón que nombra los paraderos parece haber cambiado los paraderos… o quizá el número de rutas… - Se decía el tipo.

Así que decidió acercarse a preguntar por segunda vez a un peatón; la ciudad parecía haber cambiado.

El peatón, bastante curioso lo escuchaba tomándolo por un perdido que padecía lagunas mentales y le respondió detalladamente sobre las rutas y las nuevas empresas de transporte, añadiendo que estaba bastante lejos como para ir caminando así a la brava.

¿Por qué no llama usted a su casa, a algún familiar y le dice que está perdido, o que va usted para allá, toma un taxi y asunto resuelto, tiene usted algún número al cual marcar? Le preguntó con afán de hacer su buena acción del día y observarlo mientras lo sondeaba, deduciendo que aquel tipo perdido no era un “pedigüeño” y quizá si un “enfermo mental“ en uno de esos estados de necedad y confusión tan cotidianos en ese tipo de personas que deambulan por la ciudad así”.

- Sí, bueno, pero yo quiero caminar… respondía el exconvicto que no quería decirle que era su primer día de libertad y ese tipo de detalles.

- Está bastante lejos, miré ahí hay un teléfono, yo le pagaré la llamada.

Lo llevó al teléfono público de monedas, y sacando de su bolsillo unas las inserto dispuesto a marcar, sin embargo, el teléfono comenzó a expulsar sin ton ni son una docena de monedas de “cien” y cincuenta, acuñadas con el resto de Venustiano Carranza y Benito Juárez, las cuales rodaban por el piso mientras que los peatones miraban el hecho.

- Venga, le dijo el peatón mientras que recogía las monedas ganadas,

- Vayámonos antes de que alguien nos mire y piense que nosotros hemos truqueado el teléfono

- Debe ser alguna falla en el mecanismo, busquemos otro teléfono – decía el peatón

El exconvicto por su parte, aterrorizado por el hecho de caer en cualquier situación extraña que lo relacionara con un robo palidecía y guardaba silencio

- “Se ve que no ha comido” – pensaba el peatón al observar el rostro pálido del exconvicto y tras dar unos pasos y descubrir una máquina expendedora de bebidas y refrigerios quiso invitarle algo con lo ganado

- ¿Quiere usted alguna? – Vamos, es justo que te toque algo…

- ¿Sabe usted usar esta máquina?

El exconvicto sólo negaba con la cabeza mientras el peatón lo sondeaba otra vez…

- Mire, aquí usted pulsa el producto y número de su selección, aparece el precio, usted pulsa el producto y número de su selección, aparece el precio, usted deposita la cantidad, sólo monedas como estas, justas como las que encontramos allá, de cien, de cincuenta y la máquina le arroja el producto.

Ahora la máquina expendedora arrojaba productos sin ton ni son, sin detenerse en el hueco, y el peatón tomaba y sacaba los productos, acomodándolos en su camiseta entre sus brazos…

- Debe estar fallando el sistema, pero qué más da – decía el peatón dichoso y eufórico por lo que ocurría.

El exconvicto se alejaba de la escena volteando para cerciorarse de que ningún policía estuviese cerca, observando que una mujer se acercaba al peatón para arrebatarle los productos y otras monedas más de sus bolsillos. Alcanzó a oírle decir:

- Es mi ex – le gritaba el peatón

- Pero qué hacer, no puedo reñirle nada, ¿Quién pensaría que aparecería así de pronto? ¡Quizá me está siguiendo! ¡Vaya que he tenido un extraño día!

III

El exconvicto llegó alguna tarde al barrio en el que vivía su madre. Miró con nostalgia la casa de su infancia. Pero ahí en su lugar, habíase edificado otra bastantes años atrás, al demolerse.

Caminó unas calles más, y llegó por fin a la casa de su madre, el barrio se veía tan cambiado.


Dr. Tlaloke

(Persona Privada de su Libertad)

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